"El Estado en la historia", Gastón Leval. ESTATISMO Y RELIGIÓN



Toda la religión pretende dictar la ley al conjunto de la sociedad y poseer el derecho de someter la humanidad a esa ley. Y como los diferentes cleros y sus fieles se muestran convencidos de que su dogma es el único válido, la historia está llena de choques entre los adeptos de las diferentes confesiones, todos convencidos de poseer la verdad exclusiva. Aparte hay que tener en cuenta la intolerancia de todas ellas hacia quienes rechazan los preceptos que les quieren imponer. En esta pretensión, la iglesia y el Estado coinciden históricamente en grados diferentes. Históricamente vemos que el mundo islámico y la civilización árabe han sido dirigidos e inspirados en su totalidad por las autoridades religiosas. Y tuvo que sobrevenir la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias para que el emperador del Japón, Hiro Hito, deje de ser divinizado a los ojos de su pueblo. 

San Pablo, legislador de la iglesia católica y cristiana ha aportado, por decirlo de algún modo, las normas que debían orientar la aptitud de los cristianos, y tales normas han sido respetadas e incluso sobrepasadas: «... Someteos pues, a la causa de Dios: al rey como soberano, a los gobernadores como enviados de su parte para castigar a los malos y ayudar a los buenos... A todos ellos rendirles honores y amarlos como a vuestros hermanos; temed a Dios, honrad al rey».

San Pablo era todavía mucho más exigente: «que todas las almas estén sometidas a las autoridades superiores, pues no hay autoridad que no derive de Dios, las que existen han sido constituidas por él. Por esto quien resiste al orden establecido por Dios atraerá sobre sí mismo su perdición, pues los magistrados no son de temer por las buenas acciones, sino por las malas».

«Es por consiguiente necesario ser sumisos, no sólo por temor al castigo, sino por deber de conciencia. Es también por esta razón que pagaréis los impuestos, pues los magistrados son ministros de Dios, que lo serán para el ejercicio mismo de su función. Dad a todos lo que les es debido. A quien corresponda el impuesto, el impuesto; a quien el tributo, el tributo; a quien el temor, el temor; a quien el honor, el honor». (R. P. ad. Rom XIII−7).

No es ocioso añadir un comentario a cuanto precede para señalar que, a pesar del parentesco que los caracteriza, las relaciones entre la iglesia y el Estado no han sido siempre idílicas. Vemos a los dos poderes aliarse en numerosas ocasiones, pero también oponerse por la rivalidad de sus apetencias. Ha existido Canossa, lugar famoso donde el emperador de Alemania, Enrique IV, en tiempos de la lucha de las investiduras, se inclinó ante la soberanía del papa; pero existió también Anagni, donde Felipe el Hermoso se impuso al Papa por medio de su famoso legista Guillermo de Nogaret; hubo en Enrique VIII para fundar el anglicanismo y decapitar a su canciller, el humanista Tomás Moro, que desaprobaba la lucha emprendida contra Roma; existió un Napoleón capaz de hacer salir al Papa de sus lares y retenerlo prisionero en Fontainebleau, para dictarle allí su voluntad.

Por otra parte, no es fácil establecer en cada caso cómo se ha dado el paso del poder religioso al poder político, ni tampoco el proceso que ha hecho reaccionar a éste contra aquél.

Si los representantes o los miembros del poder religioso pretendían estar en comunicación con los dioses, sus émulos iban mucho más lejos al tratar de reducirlos a obediencia. Y además, al mismo tiempo, se asistía a connivencias entre reyes y pontífices, obispos y ministros, vicarios e intendentes. Y hay más: los dos poderes, contradictoriamente podían converger, utilizando el uno el ascendiente del otro, el cual a su vez necesitaba la fuerza armada de su asociado para meter en cintura a los contestatarios de las ciudades y de los campos. Pero en el fondo, a pesar de la diversidad e incluso de la oposición de los intereses, hubo siempre complicidad. Por eso, el Papa, al pretender doblegar a Inglaterra bajo su autoridad para evangelizarla, elevó sus oraciones al Cielo, rogando al Señor que propiciara el triunfo de la Santa Cruz con la victoria de su Iglesia, y Guillermo el Conquistador, que había recibido un estandarte papal especialmente bendecido por el Santo Padre, venció a los daneses dueños de Inglaterra con la ayuda de Dios y el ardor de sus caballeros normandos. Ya hemos visto cómo, a consecuencia de la batalla de Hastings, cambiaron la estructura del Estado y de la propiedad, y la veremos cambiar de nuevo, aunque en proporciones más limitadas, por razones que poco tenían que ver con los misterios de la Trinidad, la virginidad de María o la eficacia de los Santos Sacramentos.

Otro ejemplo del entendimiento del trono y la Iglesia es el brindado por el papa León III y Carlomagno. El primero proclamó al rey de los franceses emperador de Occidente y el segundo evangelizó −con medios que nada tenían de evangélicos− a los sajones, los bávaros y los lombardos.

En Francia, la Pragmática Sanción, los Cuatro artículos, la Constitución civil del clero, son impuestos por el Estado que utiliza a la Iglesia para someter y mantener en la obediencia a las poblaciones. Cuando San Pablo decía: «todo poder viene de Dios» sabía que para aquellos que admitían la existencia de la divinidad, este origen del Estado era indiscutible. El poder del hombre sobre el hombre puede ser destruido y combatido, puesto que «lo que hacen unos hombres otros pueden deshacerlo», pero ¿quién, en tanto que creyente discute los designios o los decretos de la Providencia?

La religión configura a los hombres, hace nacer o cultiva en ellos el sentido de la jerarquía o de la obediencia, los somete mental y espiritualmente, y después de haber procedido a domesticarlos, entrega a los pueblos a su hermano gemelo, el Estado. «Quien dice revelación dice reveladores y dominio de los elegidos de Dios», escribía Bakunin. Es lógico que quienes pretenden ser los representantes del Ser supremo, dueño del Universo, pretendan también dirigir a los hombres sobre la tierra, y lógico es también que los detentadores del poder espiritual pretendan ser los detentadores del poder político. He aquí la razón por la que vemos colaborar en el curso de los siglos a la Iglesia y al Estado, a pesar de sus disputas, en las que a pesar de todo el Estado terminó siempre en general por imponerse.



Fuente: LEVAL, Gastón. "El Estado en la historia". Editorial Otra Vuelta de Tuerca A. A., Cali (Colombia), 1978 (segunda edición). Pp.292-295



Instalación (detalle) del artista español Carlos Aires, titulada "Il mondo", 2022, en la XL Feria Internacional de Arte Contemporáneo ARCO, celebrada en Madrid (España) en 2022


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