Admitido el Evolucionismo como hipótesis más racional para explicar la presencia del hombre en la Tierra, es de rigor que éste, para llegar a su estado actual de “homo sapiens”, rey de la naturaleza, debido a su inteligencia y desarrollo de su cerebro, tuvo que ir dejando en el camino retazos de su bestialidad inicial, orillando más y más la fuerza bruta y empleando más y más su ingenio y raciocinio. Con todo, el ser humano todavía no ha llegado al último peldaño de la escalera que le disocie totalmente de la bestia, y a menudo solemos presenciar cómo llegados al final de sus argumentos, dos hombres continúan la discusión con los puños, de donde se puede elaborar el siguiente axioma: “Cuantos más argumentos y razones tenga el hombre, con menos violencia se manifestará”.

Sin embargo, siempre habrá un justificativo para el impulsivo, no quiere ser vencido. Pobre justificante que ni la honrilla llega a salvar. ¿Qué decir, entonces, del boxeo, espectáculo ofrecido por dos hombres que no se odian, que no han discutido, que quizás no se conocen, y que consiste en pegarse mutuamente hasta que uno de los dos queda tendido sin conocimiento en el suelo?

El boxeo es, con los toros, el espectáculo más bestial que todavía se ofrece al ser humano. Actores y público han abierto la espita de los resabios ancestrales para dar salida a la bestia que todavía llevamos dentro. Los psiquiatras lo estiman conveniente, hay que liberar el subconsciente. Si no permitimos que la bestia salga de vez en cuando, las consecuencias pueden  ser graves. Y pareciera que la bestia tiene que continuar saliendo, refocilarse ante el aporreo de dos hombres que deben pegarse porque se les ha convencido que el deporte es una necesidad y que la paliza que se dan el uno al otro es deporte.

Han reglamentado el boxeo. Parece que los griegos ya se peleaban a puñetazos, deportivamente, y tenían sus reglas. Hace casi tres siglos que fueron  esbozadas las reglas modernas. La proeza corrió a cargo del marqués de Queensberry, padre del boxeo moderno. Gracias a estas reglas, retocadas con el andar de los años, los puñetazos tienen categoría de deporte noble. Basta pelear tres minutos y descansar uno, no pegarle al contrincante en los órganos  genitales, no usar pies, ni codos, ni cabeza para golpear, y algún detalle más, y todo lo que sucede en el “ring” -cuadrilátero enmarcado de cuerdas- es legal y deportivo, incluidas docenas de muertes o locuras de púgiles, como bien a menudo sucede.

Cada año hay que registrar la muerte de un joven boxeador o su internamiento en un manicomio. Esa ejecución sumaria habrá sido contemplada por miles de personas y, gracias a la televisión, por millones. Las piras levantadas por Torquemada en España, la cuchilla de la plaza de la Grève, tan hábilmente manejada por Sanson, la masacre de ocho mil antifranquistas en la plaza de Badajoz, han gozado siempre de público entusiasta, sediento de sangre y ansioso de dar satisfacción a sus morbosos instintos. Descendientes de aquellos públicos son los fanáticos del boxeo que rompen los asientos y patalean cuando los boxeadores no se pegan lo suficientemente fuerte. Todo deporte profesional, mercantilizado, prostituido, es denigrante. El boxeo además de denigrante, resulta anacrónico, criminal y baldón de vergüenza para una sociedad que se dice avanzada.

Víctor García

Sébastien Faure. “Enciclopedia anarquista- Volumen I”. Ediciones Tierra y Libertad, México, 1972, pág.415

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