¿QUÉ ES LA REVOLUCIÓN?

Cualquier revolución que no construya sus propias estructuras horizontales está condenada al fracaso, incluso si logra una victoria militar o política. Una revolución que no se reestructura fuera del marco del Estado y la lógica del poder pronto se ve absorbida por el mismo sistema que pretendía derrocar.

Por lo tanto, la gran tragedia de la historia moderna ha sido la ilusión de "utilizar el Estado" como herramienta de emancipación. Los marxistas-leninistas no comprendieron que el Estado no es simplemente un mecanismo neutral al servicio de la clase trabajadora, sino el espíritu regulado de dominación, la forma social que reproduce el orden y la división. Quien toma el control del Estado no libera a la sociedad, sino que se transforma en parte de su estructura autoritaria.

El "privilegio" que controla en nombre del pueblo pronto se transforma en burocracia, reemplazando la explotación del capital por la explotación de la administración. Es una reproducción de clases bajo otra forma, en la forma de un partido único, un comité central o el estado "socialista" que impone disciplina en nombre del bien común. Todas estas formas, sin importar cuánto hayan cambiado sus lemas, reproducen la separación entre gobernante y gobernado, entre quien toma las decisiones y quien se somete a ellas, entre quien ostenta el poder y quien lo sufre.
La verdadera revolución no puede pasar por el aparato del Estado, porque este transforma cada sueño en administración y cada energía libertaria en un expediente administrativo. Por lo tanto, la pregunta fundamental de la revolución no es "¿quién gobierna?", sino "¿cómo evitar la existencia del Estado?".

Por lo tanto, la condición fundamental de cualquier revolución libertaria es crear su propia estructura horizontal: consejos locales, comunas, sociedades autoorganizadas, redes de solidaridad y sindicatos descentralizados. Estos no son detalles organizativos, sino la esencia misma del proyecto revolucionario. La revolución es una estructura antipoder o no lo es.

La derrota no ocurre cuando una revolución cae militarmente, sino cuando aquello contra lo que luchó se reproduce. Toda revolución que mantiene una autoridad central que decide por otros, siembra la semilla del Estado. Pero una revolución que distribuye decisiones, rompe el monopolio del conocimiento y el poder, y se construye desde abajo, solo es capaz de sobrevivir y evolucionar sin ser controlada ni absorbida.
La revolución no es una transferencia de poder, sino de estructura. Sin esta transición, no nos encontramos ante una revolución, sino ante un reposicionamiento de la autoridad misma, con nuevos rostros y lemas.

Es cierto que el marxismo considera al Estado como un represor de clase que expresa en todas sus etapas el balance del conflicto de clases. Pero la contradicción no reside en este diagnóstico compartido, sino en la conclusión práctica que el marxismo extrae de él.

Mientras que el anarquista ve que el Estado, tal como es, no puede ser un instrumento de liberación porque siempre se ha construido sobre el control y la separación de la sociedad, los marxistas creen que puede ser revertido por una "fase de transición" o "dictadura del proletariado".

Pero esta idea supone que las herramientas de control pueden utilizarse contra el control mismo y que el aparato de dominación puede convertirse en una herramienta de liberación.

Este es un error fundamental, porque la forma determina el fondo:
quien asciende dentro de la maquinaria del Estado solo puede reproducir su lógica: funcionamiento piramidal, centralización, obediencia y la santificación de la «necesidad histórica». Cuando decimos que estamos «utilizando temporalmente el Estado» antes de disolverlo, estamos reestructurando la vieja estructura con nuevas manos.

Cada poder temporal se justifica por las necesidades de seguridad y revolución, y luego se transforma en una nueva clase que afirma representar al pueblo.
Lo que comienza con la promesa de liberación siempre termina con el establecimiento de un nuevo mando.

Desde la Comuna de París hasta octubre de 1917, desde Rojava hasta Sudán, la historia ha demostrado que toda verdadera revolución no protesta contra la creación de nuevas estructuras de autorregulación. La organización revolucionaria surge de las bases, no desde arriba. Los comités, consejos, comunas y sindicatos horizontales no son "herramientas de transición", sino la esencia misma de una sociedad libre creada desde dentro.
La alienación no puede resistirse en sus propias formas.

Cuando el marxismo justifica la construcción de un poder central en nombre de la "organización revolucionaria", ignora que el poder mismo es la forma suprema de alienación: la exaltación de la autoridad individual en la toma de decisiones, sobre los grupos y su capacidad de acción directa.
Entonces, ¿cómo podemos resistir y acabar con la alienación utilizando sus herramientas? ¿Y cómo podemos combatir la dominación mediante una institución basada en la obediencia, la disciplina y más disciplina?

La revolución no puede gobernarse como se gobierna el Estado, porque es lo contrario. No se trata de una nueva autoridad, sino de una explosión de conciencia y prácticas que lleva a las personas a organizar sus vidas al margen del control estatal. Hacia una organización que surge de la comunidad, no desde arriba.
Todas las revoluciones que han intentado el "control estatal" han terminado siendo controladas por el Estado.
Y todas las revoluciones que han construido sus propias instituciones al margen del sistema estatal —desde la Comuna hasta los zapatistas— han demostrado que la autorregulación no es un sueño, sino una práctica real.
La libertad no se da desde arriba, sino que se practica desde abajo.

La liberación no se programa con decisiones centrales, se construye en la vida cotidiana, en solidaridad con la gente y  en la capacidad de organizarse sin mando.

De Túnez, N.



Fuente: Anarchosyndicalisme / CNT-AIT Toulouse. Publicado en su página web el 23 de diciembre de 2025. 


NOTA de CompaNoTrabajes. Por demás está decir que desde una postura de clase, en el momento presente, siempre será "más deseable/menos malo" un sistema capitalista de Estado (excepción de Corea del Norte, que más parece una monarquía absolutista), que una democracia burguesa y un sistema capitalista de libre mercado, "laissez faire" y sálvese el que pueda. Básicamente, no se puede llegar a la "revolución social" con los estómagos vacíos, porque para alcanzarla es condición previa la "revolución de conciencia individual" de cada uno de los y las integrantes de la misma, y el hambre dificulta el pensar.
"Estamos firmemente convencidos de que la república más imperfecta es mil veces mejor que la monarquía más ilustrada" (Mijaíl Bakunin). 

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