El derecho a la libertad sin los medios para realizarla no es más que un fantasma. Y nosotros amamos demasiado la libertad, ¿no es cierto?, para contentarnos con su fantasma. Nosotros la queremos en la realidad. ¿Pero qué es lo que constituye el fondo real y la condición positiva de la libertad? Es el desenvolvimiento integral y el pleno goce de todas las facultades corporales, intelectuales y morales para cada uno. Por consecuencia es, todos los medios materiales necesarios a la existencia humana de cada uno; es además la educación y la instrucción. Un hombre que muere de inanición, que se encuentra aplastado por la miseria, que muere cada día de hambre y de frío y que, viendo sufrir a todos los que ama, no puede acudir en su ayuda, no es un hombre libre, es un esclavo. Un hombre condenado a permanecer toda su vida un ser brutal, carente de educación humana, un hombre privado de instrucción, un ignorante, es necesariamente un esclavo; y si ejerce derechos políticos, podéis estar seguros que, de una manera o de otra, los ejercerá siempre contra sí mismo, en beneficio de sus explotadores, de sus amos.
La condición negativa de la libertad es ésta: ningún hombre debe obediencia a otro; no es libre más que a condición de que todos sus actos estén determinados, no por la voluntad de los otros hombres, sino por su voluntad y sus convicciones propias. Pero un hombre a quien el hambre obliga a vender su trabajo, y con su trabajo su persona, al más bajo precio posible al capitalista que se digna explotarlo; un hombre a quien su propia brutalidad y su ignorancia entregan a merced de sus sabios explotadores será necesariamente siempre un esclavo.
No es eso todo. La libertad de los individuos no es un hecho individual, es un hecho, un producto colectivo. Ningún hombre podría ser libre fuera y sin el concurso de toda la sociedad humana. Los individualistas, o los falsos hermanos que hemos combatido en todos los congresos de trabajadores, han pretendido, con los moralistas y los economistas burgueses que el hombre podía ser libre, que podía ser hombre fuera de la sociedad, diciendo que la sociedad había sido fundada por un contrato libre de hombres anteriormente libres.
Esta teoría, proclamada por J. J. Rousseau, el escritor más dañino del siglo pasado, el sofisma que ha inspirado a todos los revolucionarios burgueses, esa teoría denota una ignorancia completa, tanto de la naturaleza como de la historia. No es en el pasado ni en el presente donde debemos buscar la libertad de las masas, es en el porvenir, en un porvenir próximo: en esa jornada del mañana que debemos crear nosotros mismos, por la potencia de nuestro pensamiento, de nuestra voluntad, pero también por la de nuestros brazos. Tras nosotros no hubo nunca contrato libre, no hubo más que brutalidad, iniquidad y violencia, y hoy aún, vosotros lo sabéis demasiado bien, ese llamado libre contrato se llama pacto del hambre, esclavitud del hambre para las masas y explotación del hambre para las minorías que nos devoran y nos oprimen.
La teoría del libre contrato es errónea también desde el punto de vista de la naturaleza. El hombre no crea voluntariamente la sociedad, nace involuntariamente en ella. Es un animal social por excelencia. No puede llegar a ser hombre, es decir, un animal que piensa, que habla, que ama y que quiere, más que en sociedad. Imaginaos al hombre dotado por la naturaleza de las facultades más geniales, arrojado desde su tierna edad fuera de toda sociedad humana, en un desierto. Si no perece miserablemente, que es lo más probable, no será más que un bruto, un mono, privado de palabra y de pensamiento, porque el pensamiento es inseparable de la palabra, nadie puede pensar sin el lenguaje. Por perfectamente aislados que os encontréis con vosotros mismos, para pensar debéis hacer uso de palabras; podéis muy bien tener imaginaciones representativas de las cosas, pero tan pronto como queráis pensar, debéis serviros de palabras, porque sólo las palabras determinan el pensamiento, y dan a las representaciones fugitivas, a los instintos, el carácter del pensamiento. El pensamiento no existe antes de la palabra, ni la palabra antes del pensamiento; estas dos formas de un mismo acto del cerebro humano nacen juntas. Por tanto, no hay pensamiento sin palabras. Pero, ¿qué es la palabra? Es la comunicación, es la conversación de un individuo humano con muchos otros individuos. El hombre animal no se transforma en ser humano, es decir, pensante, más que por esa conversación. Su individualidad, en tanto que humana, su libertad, es, pues, el producto de la colectividad.
El hombre no se emancipa de la presión tiránica que ejerce sobre cada uno la naturaleza exterior más que por el trabajo colectivo; porque el trabajo individual, impotente y estéril, no podría vencer nunca a la naturaleza. El trabajo productivo, el que ha creado todas las riquezas y toda nuestra civilización, ha sido siempre un trabajo social, colectivo; sólo que hasta el presente ha sido inicuamente explotado por los individuos a expensas de las masas obreras. Lo mismo la instrucción y la educación que desarrollan al hombre - esa educación y esa instrucción de que los señores burgueses están tan orgullosos y que vierten con tanta parsimonia sobre las masas populares- son igualmente los productos de la sociedad entera. El trabajo, y más aún, el pensamiento instintivo del pueblo los crean, pero no los ha creado hasta aquí más que en beneficio de los individuos burgueses. Se trata, pues, de la explotación de un trabajo colectivo por individuos que no tienen ningún derecho a monopolizar el producto.
Todo lo que es humano en el hombre, y más que otra cosa la libertad, es el producto de un trabajo social, colectivo. Ser libre en el aislamiento absoluto es un absurdo inventado por los teólogos y los metafísicos, que reemplazaron la sociedad de los hombres por la de su fantasma, por Dios. Cada cual, dicen, se siente libre en presencia de Dios, es decir, del vacío absoluto, de la nada; eso es, pues, la libertad de la nada, o más bien la nada de la libertad, la esclavitud. Dios, la ficción de Dios, ha sido históricamente la causa moral o más bien inmoral de todas las sumisiones.
Fuente: BAKUNIN, "Obras completas, vol. 2", Ediciones Júcar, Madrid/Gijón, 1980, pp. 246-249. Fragmento de la segunda de las "Tres conferencias dadas a los obreros del valle de Saint-Imier" en mayo de 1871.


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